Saturday, May 24, 2008

Agarrarse a la vida

…Conocí a Doña Emelia García García hace muchísimos años, cuando ella bajaba por el sendero del Time al puerto de Tazacorte, en compañía de amigos o de algún familiar a disfrutar del baño en la playa del Roque.
Es genial, sobre todo generosa y animosa, y una de las artesanas más valoradas de la Palma. Participó en ferias muy importantes, incluso homenajes merecidos al trabajo artesanal bien realizado. Trabajaba con las hojas de palmera, sombreros bolsos, zapatos etc, que hacían las delicias de jóvenes y viejos.
Más tarde, trabajando con la perforadora en terrenos sin arar en la punta de Tijarafe, donde reside, en mi contacto con Emelia llegue a ahondar en su vida.
Nació el 23 de Mayo de 1909. A los nueve años la recogieron sus padrinos sin descendientes. La hizo hija adoptiva. Tuvo una infancia feliz, recordando siempre a sus padres y a sus hermanos. Esculpir y grabar la piedra era el oficio de su padre y ese arte lo heredaron sus vástagos, poetas, pintores, verseadores, cantores…
Se casó a los dieciséis años, con Rogelio Castro de profesión carpintero, cuyas cajas de tea talladas por él embellecían su casa dándole un aspecto antiguo y muy acogedor. Fue un buen marido, falleció hace años.
De sus hijas la segunda la tuvo en el monte, mientras custodiaba el ganado. Allí sola y valerosa trajo al mundo a la cría por sus propios medios. No le fue dificil cortar el cordón umbilical con una navaja de “aperra “. Con el hilo que llevaba siempre para coser, mientras los animales pastaban, ella aprovechaba y cosía, amarró la vida de la niña. Ni se enteró un vecino que, unos pasos más abajo trillaba el trigo. Se asusto cuando caminando, pasó por su lado y la vio con la niña en brazos arropada con su enagua.
No fue a la escuela nadie la enseño’ a escribir y leer. Una amiga le prestó un libro y toda aquella persona que pasaba por su puerta, le preguntaba ¿qué dice aquí? Así, aprendió.
Su energía profunda y su personalidad, era de admirar. Se ríe cuando por la noche se tira en la cama derrengada del trabajo diario, porque dice que hay que ejercitar el cuerpo para que no se agarroten los huesos. Suerte al reconocer el haber llegado tan lejos con el tiempo. Nunca ha tenido miedo a la vejez, decía que la vejez está cerca de la muerte y causa decaimiento, no hay que pensar en ello, sino vivir alegremente. Cuando llegue el día de partir ¡tranquila! Porque todo lo que vive muere.
Sus ojos risueños azules, sin gafas (no las necesita) reflejan la bondad de su
alma y lo que más llama la atención es su mente despierta y la conversación /fluida, muy divertida. Es una gozada estar junto a ella. Espanta el aburrimiento.
Las facultades merman sólo cuando dejamos de utilizarlas. La lectura le apasiona. Cultiva las huertas, regando con mimo sus flores, donde un inmenso jardín se pierde de vista recreándose en su contemplación. Y además el aroma que desprenden sus rosas y el revolotear de los pájaros de un lado a otro la cautiva.
Aun hoy, atiende sola toda clase de quehaceres. Siembra y recoge frutos y verduras que no faltan para todo el año.
Por la noche la acompaña un hijo, de los siete que tiene. Se turnan, pero Emilia, se las apaña bien, entretenida en mil cosas, porque le gusta estar “consigo misma” haciendo la vida agradable a los demás. Dice guasona que tenemos que ser “buena vieja para que no nos tiren y aparten”, recuperando vivencias, trozos de sentimientos, de sueños sin realizar… Con muchos años se puede vivir bien y se pueden saborear muchas cosas. Ver caer la lluvia, soplar el viento, ilusiones, besar un niño, besucar….
Y en su última charla, para mi, todas muy interesantes me ofreció sus boniatos, riquisirnos. La encontré cavándolos y me cantó:
“En el patio de mi casa,
tengo unas lindas palmeras,
la que me ataja la sombra,
y por eso estoy tan bella.”
Esta buena mujer, tiene esa belleza interior que nos asombra y nos conmueve. Belleza que nunca muere, porque cada día la cuida con su forma de ser de actuar, ella es la flor más bonita de ese jardín que tanto quiere, y su perfume son sus buenas acciones y el darse a todos los que se acercan a ella. Por eso estar a su alrededor es un deleite y un gozar de tanto bueno que desprende su persona.

Mirando al mar


Nací en un pueblo que mira al mar, un pueblo acariciante, cuya alfrombra verde del platanal,
símbolo de la esperanza, quiere decir que todos los habitantes tenemos la ilusión de que nuestros sueños se realicen.

Un pueblo protegido por esa Cruz que está velando, en la ladera y a sus pies el caserío con la ermita en el centro con su vencedor, San Miguel Arcángel, nuestro patrón y también el de la Isla. Y esa plaza romántica con la pérgola al centro, donde nosotros, al frescor de sus enredaderas, cerramos
los ojos y a nuestra mente acuden esos recuerdos de nuestra juventud que nunca mueren.

Nací en un pueblo que mira al mar, y cuando me alejo, enfermo de nostalgia, porque hasta el aire que respiramos es distinto, tiene una melodía que canta, ese susurro que al soplar majestuosamente, los árboles bailan dialogando con aquel pájaro que huye y con aquella flor que siempre tropezamos cuando por esos senderos buscamos la verdad de esos sentimientos que están dentro de nosotros, libres, revoleteando en nuestra alma, y que nos hacen meditar.

Nací en un pueblo que mira al mar, pueblo de leyenda y de poetas. Me distrae escribir. Sólo sé cuatro reglas. No tengo ni cultura ni conocimientos. En mi época no había estos buenos colegios con profesores que se desviven por enseñarnos. Esto me apena, porque yo siempre he ambicionado saber. Siempre he leido mucho, y al mismo tiempo pienso en lo triste que será no saber leer. Todas las personas que no posean esta facultad, llave de toda sabiduría, no disfrutan del suave influjo que dá el roce de las ideas ajenas.

No tengo horas de soledad ni melancolías, porque no hay ningún libro que no tenga una página
que no tiemple las sangrientas heridas de un dolor moral. Leyendo, el pensamiento goza, y todo lo demás se evapora, como nubes vespertinas que pasan rápidamente. ¿Cuántos dolores han perdido magnitud ante las verdades inmortales de esas páginas!

“Mirando al mar”

Envuelto en sus perfumes
en la madrugada
tórnase en tibio sol al mediodía.
Tazacorte se duerme con dulces melodías,
y en la avanzada noche al ruido desafía.
Quietud inmensa, calma obstinada.
Pueblo que ríe como un chiquillo enamorado,
rayos de luces en la alborada,
trinar de avecillas asentadas
entre las ramas de su arbolada.

Contorno de suavidad,
plaza romántica,
puestas de sol sin rival.
Abanico de flores son sus mujeres
que perfuman mi pueblo que mira al mar.
Leyenda inquieta, cielo estrellado
donde las almas de los que mueren moran
tras esa cortina abrillantada…
o plomiza como las tempestades.
Sueña el poeta, el gallo canta,
susurra el viento en el platanal.
Besos cargados de poesía
mi pueblo encierra
mirando al mar.

Posted by bestiario51 in 09:59:46 | Permalink | No Comments »